¿Estamos corrigiendo a nuestros hijos o definiendo quiénes son?
Por: Majo Obregón
¿Cuántas veces hemos escuchado a una mamá decir que su hijo es un desastre, que es imposible, que es muy difícil o que nunca hace caso? Seguramente muchas.
Esta semana me llamó por teléfono una amiga y me lo dijo: “Ya no puedo más”. Y probablemente nosotras (yo incluida) también hemos utilizado alguna de esas expresiones sin detenernos a pensar en lo que significan.
A veces estamos cansadas, tenemos prisa o simplemente le repetimos tantas veces lo mismo a nuestros hijos, que perdemos la paciencia.
Queremos corregir una conducta, pero terminamos utilizando palabras que los describen a ellos, y no a lo que hizo o su conducta. Y ahí hay una diferencia importante:
No es lo mismo decir “dejaste todos tus juguetes tirados” que “eres un desordenado”. Tampoco es lo mismo decir “eso que hiciste lastimó a tu hermano” que “eres malo con tu hermano”.
En el primer caso hablamos de algo que ocurrió y que podemos ayudar a cambiar. En el segundo, estamos definiendo quién es nuestro hijo.
La diferencia entre corregir una conducta y etiquetar a un niño
Durante mis años trabajando en educación infantil aprendí que los niños están construyendo constantemente una imagen de sí mismos. Y una parte importante de esa imagen se forma a través de la mirada de los adultos que los rodean.
Los niños pequeños todavía están aprendiendo a separar lo que hacen de quienes son. Si escuchan constantemente que son difíciles, desobedientes o problemáticos, pueden comenzar a incorporar esas palabras a la manera en que se perciben.
Pensemos en un niño que escucha todos los días que es desordenado. Tal vez un día recoja sus juguetes, otro día se le olvide y otro simplemente no quiera hacerlo. Como cualquier niño, está aprendiendo.
Pero si cada vez que deja algo fuera de su lugar escucha que es desordenado, poco a poco esa palabra puede convertirse en algo más que una descripción de lo que hizo. Puede empezar a pensar que así es él.
Y cuando un niño comienza a mirarse de determinada manera, también puede empezar a comportarse de acuerdo con esa imagen o etiqueta. Esto no significa que una frase dicha en un momento de desesperación vaya a definir para siempre a nuestros hijos.
Todos tenemos días difíciles y todos decimos cosas que después quisiéramos borrar. Lo que vale la pena observar son esas expresiones que repetimos tantas veces que terminan formando parte de la manera en que hablamos (o hasta pensamos) de ellos.
Porque una cosa es señalar algo que necesita cambiar y otra muy distinta es hacerles sentir que hay algo dentro de ellos que está mal.

Fortalecer su seguridad también implica aprender cómo fortalecer la autoestima en los niños.
Poner límites no significa poner etiquetas
Por supuesto que necesitamos poner límites. Los niños deben aprender que sus acciones tienen consecuencias, que no pueden lastimar a otros y que hay comportamientos que necesitan cambiar.
Pero poner límites no significa poner etiquetas.
Pensemos en algo sencillo, como cuando a un niño se le cae un plato. Podemos reaccionar diciendo: “¡Otra vez! ¿Por qué eres tan descuidado?”. O podemos decir, (incluso con un poco de humor): “¡Uy, esas manos hoy no funcionaron muy bien! Vamos a recogerlo”.
El plato sigue en el suelo y hay que recogerlo. El niño sigue necesitando aprender a sostenerlo mejor, pero lo que cambia es el mensaje.
En lugar de hacerle sentir que hay algo malo en él, le mostramos que cometió un error y que puede aprender de él. Y si el plato se cayó porque estaba jugando con él después de que le pedimos varias veces que tuviera cuidado, también podemos señalarlo.
Podemos decirle que los platos no son juguetes, que necesitamos usarlos con cuidado y que ahora nos toca limpiar lo que se cayó. No necesitamos ignorar lo que ocurrió ni buscar una explicación que justifique todo lo que hacen.
Podemos ser firmes sin convertir un error en una característica de su personalidad. Esto no significa que debamos celebrar todas las conductas o evitar que nuestros hijos experimenten frustración.
Significa que podemos acompañarlos mientras aprenden sin convertir cada equivocación en un juicio sobre su persona.

También podemos enseñarles valores como la gratitud con estas 5 formas de enseñar gratitud a los niños.
Las etiquetas que utilizamos sin darnos cuenta
También vale la pena observar cómo hablamos de nuestros hijos cuando ellos están presentes.
A veces, en una conversación con otra mamá, contamos que uno de nuestros hijos es el tranquilo, otro el complicado y otro el que siempre hace berrinches. Incluso las comparaciones se dan sin darnos cuenta, en otros temas como “el más grande”, o “el más chico” pero si tenemos un hijo en medio, ni lo mencionamos.
Lo hacemos sin mala intención. Incluso puede parecernos una manera sencilla de explicar cómo es cada uno de nuestros hijos o el lugar que ocupan. Pero ¿qué sucede cuando ellos nos escuchan?
Pensemos en dos hermanos. Uno suele adaptarse fácilmente a los cambios y el otro necesita más tiempo. Después de varias reuniones familiares, a los ojos de todos uno se convierte en “el fácil” y el otro en “el difícil”.
Quizá nadie lo dijo con intención de lastimar. Sin embargo, con el tiempo, esas palabras pueden convertirse en los papeles que cada uno siente que debe ocupar dentro de la familia.
Y no solamente ocurre con las etiquetas negativas, también solemos hacerlo con las positivas. A veces podemos llamar a un hijo “el inteligente”, “el responsable” o “el que nunca da problemas”.
Aunque éstos parezcan elogios, vale la pena preguntarnos si estamos dejando espacio para que ese niño se equivoque, muestre rebeldía, pida ayuda o se comporte de una manera distinta a la que esperamos de él.
Los hijos crecen, sus intereses cambian, sus habilidades se desarrollan y sus maneras de reaccionar también se transforman. El ser humano se transforma y evoluciona constantemente. No somos una cosa estática.
Un niño puede ser generoso y no querer compartir al siguiente día. Puede ser cariñoso y estar enojado con su hermano. Puede ser independiente y necesitar que lo acompañemos en algunas situaciones.
Cuando los definimos a partir de una sola característica, corremos el riesgo de dejar de mirar todo lo demás y reducirlos a algo.

Criar también se aprende y todos podemos aprender a ser mejores mamás y papás.
Antes de corregir, ¿qué estamos viendo realmente?
Durante mis años trabajando en la guardería aprendí algo que me luego me costó mucho trabajo llevar a la práctica cuando me convertí en mamá: observar sin reaccionar antes de sacar conclusiones.
En la escuela podía mirar el comportamiento de un niño y preguntarme qué estaba intentando hacer, qué necesitaba o qué había detonado cierta conducta. Pero con mis hijos, no siempre me resultaba tan fácil hacerlo.
Porque cuando somos mamás no observamos desde fuera. Estamos involucradas emocionalmente desde lo más adentro. Tenemos pendientes, preocupaciones, cansancio y sobre todo, expectativas y muchas veces reaccionamos antes de haber entendido lo que ocurrió.
Un niño que interrumpe constantemente puede estar buscando nuestra atención. Uno que responde de mala manera puede estar atravesando una frustración o enojo que todavía no sabe expresar. Ahora lo veo. Lo noto cuando mis hijos salen de la escuela enojados y entonces sé qué algo (aunque no me lo digan) ocurrió.
Y no siempre será así. A veces un niño no quiere hacer lo que le pedimos y tendremos que sostener el límite.
Pero detenernos unos segundos a reflexionar y respirar antes de reaccionar puede cambiar mucho las cosas: ¿estoy viendo únicamente una conducta que me molesta o estoy intentando comprender qué está pasando debajo de esa conducta con mi hijo? Y comprender no significa permitirlo todo.
Podemos intentar entender por qué nuestro hijo empujó a su hermano y, al mismo tiempo, dejar muy claro que no puede hacerlo. Podemos reconocer que está frustrado y acompañarlo a encontrar una manera sana de expresarlo que solo gritando.

Parte de educar sin etiquetas es ayudarles a desarrollar 5 habilidades para la vida que tu hijo necesita aprender.
¿Qué pasa cuando nosotras somos quienes nos equivocamos?
Aunque lo intento, a veces como mamá, no siempre encuentro las palabras correctas. Hay días en los que me gana el cansancio, levanto la voz o digo cosas de las que después de arrepiento.
Y creo que una de las cosas más difíciles de la maternidad es aceptar que, aunque (en mi caso), haya estudiado educación y sepa sobre desarrollo infantil, eso no quiere decir que siempre logro actuar de la manera en la que quisiera. Saber qué hacer y lograrlo en medio del cansancio, la frustración o una discusión son dos cosas muy distintas.
Lo importante no es aspirar a una maternidad perfecta, sino a una consciente que aprende a reconocer esos momentos y a reparar cuando es necesario.
Podemos acercarnos a nuestro hijo y decir: “Lo siento mucho, estaba muy enojada y no debí hablarte así. Lo que hiciste necesita cambiar y aunque te equivoques siempre te voy a querer” .
Pedir disculpas no elimina el límite que pusimos. Tampoco significa que nuestro hijo tenía razón o que debemos permitir la conducta que provocó el conflicto. Al contrario, significa reconocer que nosotras también somos responsables de la manera en que nos relacionamos con ellos y que también nos equivocamos.
Y ahí hay otro aprendizaje importante: nuestros hijos aprenden no solo cuando les explicamos como deben portarse, sino que también lo hacen cuando ven que nos hacemos responsables de nuestras propias emociones y comportamientos.

Las palabras con las que nuestros hijos aprenden a reconocerse
A veces pensamos que educar a nuestros hijos consiste en enseñarles cómo deben comportarse ante ciertas situaciones o en determinados entornos: recoger sus cosas, esperar su turno, cumplir acuerdos etcétera. Y claro que todo esto es importante.
Pero mientras les enseñamos estas cosas, estamos ayudándolos a construir la imagen que tendrán de ellos mismos, cada vez que corregimos una conducta tenemos la oportunidad de transmitirles dos mensajes muy diferentes, uno es “hay algo malo en ti” y el otro es “hay algo que necesitas aprender”
La diferencia es sutil, especialmente cuando estamos agotadas y solo queremos terminar el día, que recojan sus juguetes, que dejen de pelear o simplemente que hagan caso. Pero para un niño que todavía está descubriendo quién es, esa diferencia merece nuestra atención.
No se trata de medir cada palabra, se trata de detenernos a escuchar cómo hablamos de nuestros hijos y mirar la imagen que les estamos devolviendo de ellos mismos. Nuestros hijos se van a equivocar, van a desobedecer, van a frustrarse, a discutir y hacer cosas que nos hagan perder la paciencia. Todo eso es parte de crecer y de vivir.
Nuestra tarea no es convencerlos de que todo lo que hacen está bien, es ayudarlos a comprender que está bien equivocarse, a hacerse responsables, cambiar y aprender sin que eso determine su valor como persona.
Poner límites claros también les ayuda a ganar autonomía y aprender a respetar a los demás. Conoce cómo establecer límites y libertades en los niños.
Sobre la autora:
Majo Obregón es educadora, escritora y mamá de tres hijos. Tiene una licenciatura en Pedagogía, y una maestría en Psicología y Desarrollo Humano por la Universidad de Harvard.
Durante diez años fundó y dirigió dos centros de educación infantil inspirados en la filosofía Reggio Emilia en Ciudad de México.
Su experiencia profesional y los desafíos de su propia maternidad la llevaron a escribir “La Madre de las Explosiones / El Niño de los Mil Sabores”, un libro de próxima publicación que invita a reflexionar sobre nuestras emociones, la crianza y la importancia de mirar más allá del comportamiento de nuestros hijos.
Actualmente vive en Dallas, TX con su esposo y sus tres hijos.
Compartir:
